miércoles, 05 de noviembre de 2008




Contratada por mis hijos, Maritza atiende con mano experta las necesidades del viejo solitario que soy, en el hondo y silencioso vacío de la casa que dejó Amelia, mi mujer, cuando aún resuena en mis oídos el timbre de su voz. Maritza es sumisa, sigilosa y casi ingrávida, cuando se desplaza de un lugar a otro: surge de repente ante mí y luego ambos nos reímos del sobresalto que me causó su aparición súbita. Maritza tiene la blandura azucarada y el lenguaje acariciante de las hispanoamericanas de corte indígena, y habla un castellano mucho más correcto que el nuestro, con palabras y expresiones de una belleza antigua y armoniosa. Dejó tres hijos pequeños al cuidado de sus abuelos en Bolivia, de donde vino con su marido en busca de trabajo. Me habla de ellos y de su lejana tierra con íntima nostalgia, de Cochabamba, donde nació, de La Paz, de Sucre, de Potosí… El trabajo y la dureza de la vida le hicieron madurar prematuramente, y, a sus veintisiete años, ya posee la gravedad de las personas añosas; pero conserva la lozanía juvenil y la moral impoluta y firme de la inocencia innata; no comprende la infidelidad en el amor y la eliminación egoísta de la vida. Maritza afea indignada y amenazante ante la pantalla del televisor a la mujer malvada del culebrón que estamos viendo su codicia o su traición, y concluye sentenciosamente: ¡Qué malo es el dinero! ¿Verdad, Don Ramón? Y yo asiento admirado de oír eso a quien tanto lo necesita.

Maritza me traslada a los años de mi infancia y me veo entre los niños españoles de mi clase social en una casa llena de cuadros de Santos y retratos de familia, que no tenía cuarto de baño, que dormían de dos en dos en cada cama, vestían el traje que usó el hermano mayor, cosido al revés, conservaban intacta su capacidad de admirarse y era muy fácil hacerlos felices. Luego, ya adultos, el nivel de vida y la sociedad de consumo labraron en nuestra alma al rico nuevo que llevamos ahora dentro, ese hortera ahíto y aburrido que perdió su fe y sus ideales y cerró los ojos del alma a la luz del amor omnipotente que da la vida verdadera.


Tags: emigracion, bolivianos, amor, entrega, familia

Publicado por anaespinosa123 @ 21:51
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios