
Ramón y Susi tienen dos hijos, pero han criado a nueve. En el cuarto de juegos de su casa hay fotos de bebés rubios y también de niños negros, a los que han cuidado mientras sus padres no podían atenderlos. Son una familia de acogida de urgencia, en las que la Junta confía para no ingresarlos en centros.La pareja no pierde un minuto recordando los malos tragos pasados con los siete niños que han acogido estos cinco años porque “tenerlos da mucha vida”. Estaban interesados en hacer una labor social y no les llenaba pagar una cuota y dejar a otros el trabajo. Querían participar, ver el resultado. Acabó de convencerlos el que a Susi le encantan los críos –“hubiera tenido más hijos si económicamente hubiera podido”– y en este caso la Consejería de Igualdad ayuda con los gastos. Tras un tiempo esquivando las caras de incredulidad de sus amigos acogieron al primer bebé durante año y medio, y desde entonces siempre ha habido alguno en casa. Cada quince dias los llevan al punto de encuentro para que vean a sus padres biológicos, mientras la Junta intenta que vuelvan con ellos; si se les retirara la custodia, sería también allí donde conocerían a su familia adoptiva.
Lo peor cuando se van, lo mejor la sonrisa de los niños, la esperanza de que la vida les regale lo que tanto les debe
