martes, 21 de abril de 2009

LA CIUDAD Y LOS BARCOS: PERIPLO DE UN IMPOSIBLE AMOR por JOSELA MATURANA


Enel fondo del cuadro, donde parece acabar la superficie y el horizonte se alía con la niebla, un barco y una ciudad pueden amarse. Pueden amarse como dos cuerpos que bailan o como dos amantes que se entregan desesperadamente a la pasión de un último abrazo. En esa danza que entablan el barco y la ciudad, íntima, desgarradora, tempestuosa y gestual, el tango se vuelve marino y gira en un lamento donde la ciudad se entrega a la música y al majestuoso movimiento de lo que nos evoca el adiós, los pañuelos agitados en la mañana de un muelle remoto y olvidado, el espejismo de las despedidas y los reencuentros que forman parte de la memoria y del baile inexorable del tiempo que pasa. Somos luz y color en ese lento rastreo de las formas reales e imaginadas que el arte, la pintura, convierten en alianza y en invitación fructífera del deseo. Hay signos y consignas, resquicios y estertores en los ángulos que el agua difumina para encontrar una esquina, un espacio de asfalto, la grisura inconmensurable donde la ciudad se ofrece como materia de un paisaje que es la afirmación inequívoca de la propia vida, la prueba irrefutable de que la existencia puede ser en el cuadro un pacto de caricias, una mestiza composición en donde se hace posible fundir el murmullo y el vacío de la ciudad que nos acoge y nos devuelve, con el tempestuoso, dulce y dramático son que el barco arrastra desde la plenitud del viaje inmenso que es el mar. En la observación de un cuadro donde viven el barco y la ciudad, la mirada urde preguntas insospechadas y respuestas hermosas y no siempre certeras. La mirada navega por los tejidos y las maderas desahuciadas, recorre la aguada y el óleo abultado por la brea y la magnánima salinidad que el rumbo perdido otorga a los recuerdos, busca la figura que navega sola, a la deriva, la disfunción acuosa de los náufragos que luminosos o pardamente mudos nos conmoverán en su desolación, y busca la luminosidad que se produce en los planos, en el triunfal claroscuro que llega después de la terrible tormenta, después que la tempestad se haya calmado y el mar aparezca ante nuestros ojos como un prodigio sabio de quieta senectud.La pintura logra el estallido de las formas y convence en la mirada que anhela encontrar esa alianza persistente del hombre que navega y espera encontrar siempre un puerto al que arribar en medio de la noche. Hay un vapor indefinible en el cromatismo del oleaje y en la ruda y tierna marea que nos empuja a atracar. La pintura puede otorgarnos la visión de un barco en soledad, igual que un iceberg desprendido de la nada que avanzase lentamente entre la niebla o bajo las estrellas de un cielo muy puro que el pincel hace mito, infinitud, extensión de un poema pintado donde caben las palabras.Contemplar un barco que navega en soledad, con rumbo a un puerto amable o adverso, donde espera una ciudad, como una puerta o un ventanal que se abre al abismo, al regreso, a la curiosidad del turista accidental que tomará las calles, los comercios, las terrazas de verano, es ver a un conquistador ávido y desorientado por la luz urbana y por los ruidos estridentes de esa ciudad vaciada de olas y susurros abisales. El barco, en su soledad, en su camino húmedo y plástico, emerge como una figura dotada de propiedad y ausencia de sí misma. Es también el barco, en medio del mar, una ciudad sobre las aguas, habitada por pasajeros que en su viaje no tienen patria ni idioma ni perciben la textura densa y chorreante que las millas adquieren al rozar las fronteras oceánicas. Un mundo sólo fortificado por el mar, circundado por las olas, devorado por los peces salvajes que temen el dominio brutal que la invención de un cuadro puede imponer a un mar que se resiste a ser inmóvil, a quedar en silencio, que viaja por el óleo, por los sinuosos delfines que los acrílicos ejercen en las líneas y en las sombras de este baile que se dirige al abrazo, arriesgándose a entrar en la oscuridad, a encallar en las islas y en los arrecifes de donde es difícil regresar. En la cubierta del barco, habrá una orquesta tocando un vals o un aria estremecedora en el crepúsculo, y en los camarotes cerrados, por los ojos neutros y desconocidos de las compuertas, la vida de afuera, el mundo que quedó en tierra, sometido a los avatares de las cosas cotidianas, las hazañas, las derrotas, las muertes grandes y pequeñas, la inconsistencia vaga y turbia de los transeúntes y viajeros anónimos de la existencia, seguirá su curso, su trayectoria, el rumbo distante y extraño que dentro del barco parece sueño, ilusión desvanecida. Pintar un barco que se acerca a una ciudad, que se aproxima al cuerpo que más deseamos tener en nuestros brazos, es crear con la luz y el color de lo imposible, el crucero más próspero de una melancolía viajada. Al llegar, el marco dorado que alberga esa imagen del atraco, se transforma en bodegón, en neto paisaje, en retrato descendido y próspero que se entrega a la curiosidad incipiente de ese cuerpo largamente deseado. La ciudad y el barco atracado, surgen como una imagen superviviente de las eras, los siglos, los años recuperados. Toda la niebla, todo el horizonte, toda la indagación que la emoción y el pensamiento acarrearon en su búsqueda incesante por encontrar, por descubrir el misterio, los secretos ocultos de la vacilación, la heroicidad de las manchas y del fondo que integra la vida en el lienzo, en el cañamazo, en el corazón inventado, se hacen forma, espíritu, una nueva vida que la pintura crea y hace persistir a pesar de los naufragios, de todos los naufragios. Entonces, después del atraco, empieza el baile. Se inicia la pasión del pasajero perdido entre las frondas y las emboscadas de las plazas y las avenidas. La ciudad es ahora un barco quieto mecido sobre las aguas del mediodía, entre la prisa de la acuarela que se derrama, entre el anonimato de las tareas y los pasos de quien se siente extranjero. También un cuadro es un barco y una ciudad donde se esgrimen dos direcciones, dos mundos que asilan o repelen al hombre de alma extranjera que camina en la realidad o en la ficción con ojos absortos, desprendido de una paleta inconclusa, titubeante, pero firme y provocadora en su imagen de absoluta soledad. Son dos viajes, dos periplos que el color puede llenar de árboles, de fachadas, de acuarios y hospedajes indescifrables, de rótulos intraducibles, y de anzuelos sembrados en cualquier parte. Pero la mirada tiende a la pacificación serena de la lejanía. Al irresistible placer que la alegría de la luz rescata del vapor y de las palabras que ante un cuadro contemplado no sabemos pronunciar. Hay una honda y nimia salvación en la danza de las fuentes, en el sigiloso y atrevido escorzo de dos cuerpos que se confían a la navegación incierta y a su destino improbable. Hay un tango palpitante y reclinado en el pincel, y existe la irrefutable nostalgia de que al abandonar una ciudad o desatracar de un barco, algo, o alguien inventará un abrazo, un desamparo infiel sobre el objeto que avanza o se detiene, sobre el mar o sobre los barrios portuarios que huelen a brea y a paroxismo de abandono y se hunden en las redes de la memoria que recosen y juntan los cuadros del tiempo, en ese desvirtuado asombro que aún nos otorga un dibujo inacabado ; navegar, partir o quedarse para siempre. Ser vapor o borrasca en las manos de la ficción que modela y fija su pacto con la forma y el tiempo nos exhorta del olvido. La soledad bailando con el mundo, en su boceto degradado y salvado de las aguas. Náufragos, pasajeros, amantes del regreso, osados viajeros de la pintura que nos multiplica y nos regala otras vidas, otros sueños, azares de la invención y de la deriva. Una ciudad y un barco en verdad pueden amarse cuando alguien pinta su oculto e imposible amor.Josela Maturana

Publicado por anaespinosa123 @ 14:33
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