
Una feria que concluye no es más que una feria que comienza, las mismas atracciones circulando por carreteras, muchas veces secundarias, el camión cargado tras la caravana llena, uno tras otro, repetidos e iguales, como elefantes en una senda, que conduce al agua.
Sabores de sobra conocidos que se convierten en letras, el de la mañana a primera hora ,cuando los borrachos por fin se han ido y las atracciones descansan unos minutos, sin nadie que estorbe o importune el descanso merecido, con botellas a cientos dormidas y quietas, sobre su propio cristal pegado el cuerpo vidrioso al albero, silencio y deserción en masa, y sin embargo, a poco que atisbes el horizonte, verás a feriantes, bostezando, durmiendo, saliendo de cualquier parte, mudos testigos de la tragedia de vivir a puente de diversión ajena, caras estáticas y desconocidas, que velan en nuestra vela, para que la fiesta no duerma.
Las palabras saben a lo que sentimos con ellas, el hola de los petardos, de la iluminación, de la bienvenida de los rostros contentos, de los flases, de los políticos en primera fila, de la felicidad de la nueva feria, del traje por estrenar, de las peinetas, de los zarcillos, de los inmensos tacones que nunca pisaron polvo alguno, del caballo que no monté hasta ahora, el que no presenté, con la que no bailé y los zapatos que brillan hasta en la noche, de lo mucho que pasé por ellos la bayeta, para que ella reparara en ellos ….
Los bailes saben a coqueteo, a tonteo de chiquillos y a veces acaban en boda, en hijos que lucen el traje de los padres y que han pasado sus veinte años yendo a la misma caseta y alternando con la misma gente, con música que atrona el alma y que se te pega a los oídos, con risas, con charlas que no dicen nada y miradas que saben a besos esperando a manos inquietas, bajo las mesas de madera y de abrazos partidos, en dos, en mitad de una sevillana, con volantes que arden y chaquetas que se abren, al compás de la tercera
Ya la noche se hace día y las frituras ceden el paso al carrito de los helados y el chocolate y los churros y las tómbolas rifan hasta los pájaros o los peces que morirán en nada, con empacho de comida atrasada, enviados a la basura, como el oso de peluche ,que quedó sin pelo de tanto lavado o el corazón roto, que, sin rebujito que acompañe, el amor no es tan bueno, ni las risas tan recurridas
Y al nada del tiempo corrido, vendrá el adiós de la despedida, con desechos y polvareda a cientos, con levante que sube faldas y aprieta el bolsillo, del que ya no sale nada, con doleduras de zapatos pequeños y rozaduras en el alma, por esa feria que ya acaba entre petardos y el desquite de bombillas y que no volverá a ser igual por mucho que queramos, porque el tiempo no perdona, ni las palabras saben igual, de una estación a otra y menos de una feria a otra
Porque las palabras saben a sentimientos y a desdenes , a celos y a desengaños, a amores prohibidos y a deseos insatisfechos, a caballos expuestos y carruajes de “te veo y me ves”, mientras una periodista ya veterana de demasiadas ferias, tal vez piense que será la última, porque no tiene al futuro por cierto, deseando poder tomar de todo lo que ve un puñado, para llevárselo consigo y agarrar cielo y albero, noche y día y encerrarlo en una caja de tesoros, bajo llave de siete candados, porque le da la sensación de que el sabor de las palabras no durará para siempre y que como los pasteles y los dones y las cosas que nos hacen mas felices, duran lo que un suspiro, en la boca de una vieja
Porque cuando se acaba una feria en otro lado empieza una feria, con levantar de casetas, con preparación de bombillas, con feriantes que ya cuentan las horas para desenganchar cacharros y empacarlos y emprender el viaje en un camión, tras una caravana y así otro y otro, en rápida comitiva, que ya los esperan en otro lado
