sábado, 08 de agosto de 2009


OPINIÓN

Carmen descarga sobre sus espaldas 45 losas que le ciegan el pecho, apretados corsés de desventuras y cataclismos, que revierten en dolorosos malestares de cabeza, que no asimilan analgésicos, ni descansos fingidos y la postran en la cama un día o dos, de vigilia y oscuridad eterna.

En pasos cortos, vestidos de bambas o de chancletas, alternados con el calor del estío o el invierno blanquecino y azul, va de su casa a otra casa, que no es la suya, a duplicar y clonificar camas que no se vestirán sola, cocina que no se limpiará sola y niños que hay que llevar al colegio y, de vuelta, darles de comer, para después, entrada la sobremesa, limpiar y coser, mientras ve la telenovela y, de paso, velar por los que estudian o buscar más cometidos, para un día que parece que no termina nunca, porque de regreso a casa, esta vez la suya, aún queda faena por hacer, gente a la que cuidar y ropa que tender o meter en la lavadora.

Ya está más que harta de levantarse para trabajar, y de acostarse, tras haber trabajado, desde las ocho hasta las ocho, desde la mañana, hasta que ve la luna, tendiendo la colada, en la ventana, libre de cortinas, de su pisito diminuto y coquetón.

Ya el Carlos, su marido, se ha dado cuenta de que la cosa no va como debiera, porque cuando la requiere de amores, al final de la jornada, ella le pretexta que tiene sueño y cansancio acumulado de días y para que se entone y cumpla de nuevo, ha reservado unos días, antes de que llegue la marabunta de los veraneantes, en Costa Ballena, en un hotel de esos con Spa, para darse unos masajes conjuntos, perderse entre chorros de agua y sábanas ajenas, darle respiro al cuerpo y ventaja a los fondos, sedientos de escapadas.
Pero la cosa no ha ido bien, porque Carmen ha vuelto mala de cuerpo, con náuseas y rojeces en la espalda, y hasta sarpullido. “Tan estresada estás, hija mía”, le ha dicho la chica del chorro masajeador, que ha hecho amistad enseguida con ella, “que no había visto a nadie así en toda mi vida y mira que aquí vienen para eso”.
Carmen en una de sus eternas migrañas, adormecida en su dormitorio, con las persianas bajadas y escondida, ha visto la luz sin pesadillas, en un estático y difuso sueño, que la ha trasportado con la mente a la más preclara de las fantasías… la de ella tocando sin pudor, músculos bien dibujados, sobre la piel morena, de uno de los amigos del mayor de sus hijos, y del mismo alborozo, de las palpitaciones por primera vez sentidas, en lo más bajo de su vientre, se ha despertado sentándose en la cama, sudosa y con el corazón a cien, las piernas encogidas sobre su propio cuerpo y el deseo confundido en sus entrañas, con el gozo más elevado.
Ahora ya no pisa las aceras como si se dejara la vida entera , sino que taconea, sin bambas, ni chancletas, sintiéndose guapa y joven, en una sola palabra: atractiva, porque su cuerpo es generoso con ella y la vida si no rosa, lo mismo puede vestirse de festiva y hacerse hada, porque no hay nada mejor que los sueños prohibidos y los deseos realizados, con la búsqueda de la madurez y la paciencia .

Y un día vuelven a Costa Ballena, sin el Spa, pero a petición de ella, y se meten en la cama, sólo es llegar a la habitación, aunque sean las doce de la mañana, y Carmen exige a su pareja, que le dé lo que tantas veces le ha negado, que ya es hora, correteándole por la habitación, haciendo que diga, ofuscado; “¿Pero qué mosca te ha picado, mujer, que parece que estás loca?”

Y ella por respuesta, sólo desnude su alma y sus deseos, las ganas de vivir e irse de todo, del trabajo repetido hasta la saciedad y de la rutina de hacer lo que los demás quieran, aunque sólo sea por un rato y perderse entre vicios de cuerpo y deseos no fingidos, que a la Carmen ya le toca tener un orgasmo y disfrutar de él, por primera vez a los 45 años.



Tags: insatisfechas, casadas, sexo, maridos, cuernos

Publicado por anaespinosa123 @ 15:56
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